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El descubrimiento de los Púlsares (Parte 2) – ¿Hombrecillos verdes?

En la Parte 1 concluimos que la persona a la que se le encomendó el trabajo de analizar los datos que suministraba el aparato fue Jocelyn Bell, una estudiante de postgrado.

El análisis de los datos proporcionado por el telescopio no era pequeña tarea, teniendo en cuenta que el instrumento producía 120  metros de cinta en cada exploración del cielo, a razón de 30 metros diarios. El trabajo de Bell consistía en examinar cada señal, desechando las producidas por elementos de manufactura humana tales como los aviones y las emisoras de televisión, y marcando en un mapa las de verdadero origen extraterrestre.

Hacia Octubre, Jocelyn Bell llevaba un retraso de 300 metros con respecto a la producción del aparato, pero seguía analizando los datos con la misma atención que al principio. Fue precisamente cuando notó lo que ella llamaba “parásitos”. Estos aparecieron cerca de medianoche, tiempo en el que el centelleo interplanetario suele descender a un nivel bajo (porque es cuando el radiotelescopio está dirigido al borde externo del sistema solar, donde el plasma es menos denso). Decía Bell en su relato:

    “A veces, durante la grabación, aparecían señales que yo no acertaba a clasificar: no eran ni centelleos ni interferencias de origen humano. Hasta que empecé a recordar que había encontrado antes esos parásitos, y procedentes de la misma parte del cielo.”

La fuente parecía tener un periodo de 23 horas y 56 minutos, y sólo los fenómenos relacionados con las estrellas se repiten al cabo de ese tiempo. Las interferencias que ocasiona el hombre, tienden, en cambio, a reproducirse cada 24 horas, porque la vida diaria está regida por el Sol. El momento en que Bell comprendió que los “ parásitos ” eran más que simples interferencias, y que ya se habían dado antes en las mismas coordenadas celestes, resultó ser muy importante.

Revisando las grabaciones Bell pudo comprobar que, en efecto, había visto esas mismas señales en Agosto. Luego discutió la naturaleza de éstas con Hewish, y al final decidieron utilizar la grabadora rápida del observatorio para obtener datos más claros al respecto. Cuando a mediados de Noviembre quedó libre el aparato en cuestión, se encargó Bell de localizar las señales y grabarlas. Durante días su dedicación resultó infructuosa, y Hewish pensó que las señales debían proceder de alguna estrella que fortuitamente se hubiera encendido en el Universo, y que era improbable que Bell las volviera a ver. Pero ella perseveró y al fin obtuvo una grabación satisfactoria, la cual mostraba que los “parásitos” eran una ráfaga de impulsos separados entre sí por 1,337 segundos exactamente, similar a muchas clases de interferencias terrestres. Al telefonear a Hewish para contarle lo que había hallado, él dijo “ Ah, esto lo aclara todo: son de origen artificial “.

Sin embargo, ambos siguieron efectuando grabaciones de los “parásitos”. Ahora bien, quedaba como principal problema que los impulsos continuaban produciéndose en un tiempo sidéreo (repitiéndose cada 23 horas y 56 minutos). ¿Eran verdaderamente siderales, o tenían una causa y un periodo sideral? Las únicas personas de la tierra que posiblemente podía imitar el tiempo sideral eran los astrónomos, aunque no resultaba fácil adivinar para qué habían de producir ráfagas de pulsaciones como éstas. Indagaciones hechas en otros observatorios no revelaron el desarrollo de ningún programa que justificara las señales. Buscando para ellas explicaciones de tipo sideral, pensaron si no se debían atribuir a estrellas variables conocidas. El inconveniente era que la más rápida tenía un periodo de casi un tercio de día. ¿Cómo podía pulsar una estrella con un periodo de 1,337 segundos?

Atrapados en la paradoja de que los impulsos eran extraterrestres pero parecían artificiales, los astrónomos de Cambridge se pusieron a considerar una nueva posibilidad: ¿no serían, al proceder del espacio, “ manufactura ” de una civilización extraterrestre? Hacia mediados de Diciembre, los científicos habían probado que los impulsos se repetían con absoluta regularidad, ajustándose al tiempo previsto hasta en una millonésima de segundo. Medio en broma, medio en serio los compañeros de Bell  comenzaron a designar a la estrella como “Hombrecillos Verdes – 1″. Pero, ¿ por qué unos “Hombrecillos Verdes” habían de producir y enviar una señal como esa? La mayor parte de las señales de radio cambian, a fin de transmitir información; las constantes son ayuda de navegación, como las señales LORAN (de Long Range Navigation). ¿Sería un radioemisor de navegación interestelar

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El descubrimiento de los Púlsares (Parte 1) – Radiocentelleo

     La historia del descubrimiento de los púlsares en 1964 es un clásico entre los abundantes relatos científicos de inspiración y pura y simple suerte. Los púlsares conectaron el mundo práctico del observador radioastrónomo con el del físico teórico, que durante años habían estado hablando sobre unos objetos misteriosos llamados estrellas de neutrones. Pero además, tras las investigaciones de los radioastrónomos de cómo se producían los pulsos y cómo emitían ondas de radio, hicieron inteligible la desconcertante expansión y aceleración de la nebulosa del Cangrejo.

Nebulosa del Cangrejo

     El descubrimiento tubo además el interés casi dramático de parecer, por algún tiempo, prueba de la existencia de vida extraterrestre; aunque cuando se publicó la noticia relativa al hallazgo del primer púlsar, sus descubridores ya estaban completamente seguros de que las señales no eran producidas artificialmente.

  RADIOCENTELLEO

    Hasta el instrumento con que se descubrieron los púlsares representa una curiosidad por sí mismo. Mientras que en la mayor parte de radiotelescopios se mide su tamaño en pies, metros o incluso kilómetros, ése tiene un nombre espléndidamente arcaico, el cual hace las delicias de los astrónomos no ingleses que no están familiarizados con esta unidad de superficie: se trata del telescopio  de Cuatro Acres y Medio, de Cambridge, en el Reino Unido.

    Fue creado con una finalidad que no tiene nada que ver con las regiones del espacio donde se hallan los púlsares: captar esas enigmáticas radiofuentes que se conocen como cuásares, por medio de su centelleo o parpadeo.

Ilustración de un Cuasar

    Todo astrónomo aficionado sabe que se puede distinguir fácilmente una estrella de un planeta, porque la estrella al ser un punto de luz, suele parpadear. El parpadeo se debe a la inestabilidad de la atmósfera, que lanza una y otra vez contra la pupila un fino rayo de luz procedente de este punto que es la estrella. En cambio, un planeta parpadea mucho menos, o nada en absoluto, porque presenta forma de disco, aunque pueda parecer del mismo tamaño que la estrella.

    Algo similar ocurre con las radiofuentes, aunque los especialistas en ellas usan el nombre de centelleo en vez de parpadeo. El medio que causa la perturbación es sutil gas ionizado, llamado plasma, que no solo se encuentra en la atmósfera terrestre, sino también más afuera del sistema solar, entre los planetas.

     Para Antony Hewish y su equipo, que fueron los primeros en captar, en 1964, el centelleo interplanetario de radiofuentes puntuales, lo importante de este acontecimiento era que permitía percibir los diminutos y distantes cuásares (radiofuentes casi estelares) diferenciándolas de fuentes más cercanas y aparentemente mayores.

   Al fin de obtener la sensibilidad necesaria para distinguir las rápidas fluctuaciones de la señal, Hewish necesitaba un telescopio con amplia zona de captación. Logró esto simplemente colocando postes con alambres en una extensión de cuatro acres y medio. Tal instalación era capaz de recoger señales débiles, pero no de distinguir las direcciones de procedencia como una antena de plato. Por entonces el nuevo telescopio estaba ya listo para empezar a registrar y se la asignó la exploración de una amplia zona del cielo en una semana. El equipo que se había construido para acentuar el centelleo más que para apagarlo, como era lo usual, podía reaccionar en tan breve espacio como una décima de segundo a las fluctuaciones en el brillo de una radiofuente. Hewish quería que todas las radiofuentes  que se hallasen fuesen señaladas en un mapa del cielo, para que las interferencias de origen humano se distinguieran de las verdaderas radiofuentes extraterrestres cuyo centelleo se diera en las mismas coordenadas. La persona a la que le encomendó el trabajo de analizar los datos que suministraba el aparato fue Jocelyn Bell, una estudiante de postgrado.